viernes, julio 22, 2005

Una "clase" de cuentos

Eran las 9:14 a.m. de un miércoles, la profesora de literatura, leía teatralmente “El Corazón Delator”, un cuento de Edgar Allan Poe.Su relato se me hizo tan interesante, que empezaba a imaginar con los ojos cerrados, cada instante de aquella narración. Duró entre 15 y 20 minutos, mis compañeros y yo exhaustos de tanta imaginación maquiavélica, nos quedamos mudos al escuchar el fin.Con una voz distinta a la que había utilizado para narrar el cuento, la maestra nos dejó de tarea hacer la entrevista al asesino de la historia.Aquí les presento mi trabajo sin antes recomendar que lean el cuento de Poe, si no lo hacen… puede que no entiendan...



Revelaciones de un corazón delator
(Continuación del cuento “Corazón Delator” de Edgar Allan Poe)

Después de tres años de estar encerrado, me sigo sintiendo nervioso, sin embargo las noches largas y frías aquí, han servido para pensar y seguir creyendo que no estoy loco, todo lo contrario, estoy mas lúcido que de costumbre, si tuviera la oportunidad de salir mañana de este lugar iría a la casa, pasaría mis cosas a la habitación del anciano y estaría tranquilo.

Recuerdo que hace unos meses en esta celda sentado sobre el suelo, miraba detenidamente aquel plato vació, de metal blanco y despostillado, no hacia ningún movimiento, estaba totalmente concentrado, pero dos golpes en la puerta interrumpieron mi trance…

Al escuchar, no hice gesto ni sonido alguno, tocaron dos veces más. La puerta se abrió y alguien se paró frente a mi, levanté la mirada muy detenidamente, cuando iba subiendo contemplaba unas botas tan lustradas que me podía reflejar en ellas, el pantalón era azul de una tela opaca, cinturón negro con una hebilla inmensa y plateada. Cuando llegué a ver su rostro me di cuenta que era el mismo oficial que me traía todos los días la comida a la celda.

Me miró fijamente a los ojos y me dijo:

-Tienes una visita, acompáñame -no respondí-

atónito no lo podía creer, en dos años y medio de encierro por fin alguien se acordaba de mi, sentía una gran emoción por saber quien era, tal vez algún amigo o conocido que me recuerda.

Caminamos por un pasadizo que no me era familiar, largo y angosto, se sentía una humedad increíble, pues era una cárcel muy antigua, las paredes eran de piedra, los barrotes muy oxidados, no era extraño tropezar con alguna rata al caminar. Mientras avanzábamos, mi angustia por ver a mi visitante se hacía más grande.

Llegamos, el oficial sacó las llaves abrió una puerta muy pequeña y extendiendo la mano hacia adentro en voz alta exclamó:

-Pasa, te están esperando.

A paso lento ingresé a la habitación, la luz era muy tenue, una mesa con dos sillas, las paredes de color crema, el techo muy alto, en la mesa un cenicero y sobre el, un cigarrillo a punto de consumirse. Me senté, tomé el enrollado de tabaco –como yo le decía- entre mis dedos y observé como se consumía, yo nunca había fumado, me daba asco el olor.

De pronto entró aquel visitante que con tantas ansias había estado esperando, me quedé algo sorprendido porque no lo conocía, traté de recordar por unos minutos mientras el se sentaba, donde lo podía haber visto, pero mis intentos fueron en vano, era para mi un desconocido. Llevaba puesta una camisa de color blanco con dos bolsillos, un pantalón marrón algo ajado, zapatos de charol sucios por la tierra de la prisión. Lo que más me llamó la atención es que usaba anteojos oscuros, no podía ver sus ojos. Era de estatura mediana, le faltaba cabello, y muy pálido.

Con una voz ronca y desgastada por el tabaco, se presentó, su nombre no lo recuerdo, dijo que era periodista, y estaba haciendo un reportaje sobre mi caso…

-Pensé que ya estaba todo olvidado –le dije-

-Casos tan impactantes no se olvidan fácilmente, siempre hacen mella –refirió-

Mirándolo fijamente, tratando de ver sus ojos, se me vinieron a la mente todos los momentos previos al crimen, la espantosa mirada del anciano, el zumbido inaguantable en mi oído, etc.

-¿Le pasa algo?, noté como si se hubiera ido. –me dijo-

-No, estoy bien, pregúntame lo que quieras, no se conversa muy seguido por acá, así que aprovecharé.

Saco del bolsillo izquierdo de su camisa una libreta y un lápiz, pasaba las hojas para encontrar una en blanco. Yo lo miraba sonriente, me entretenía su desesperación por saber de mí.

-Bueno, empecemos…Hábleme de su niñez, sus padres, ¿que recuerda de esos tiempos? -me dijo-

-No conocí a mis padres, viví hasta los 18 años con una tía, a quien llegué a odiar tanto como al ojo del anciano, recuerdo que en sus reuniones para que yo no salga, me encerraba en la habitación mas oscura de la casa, lo único que llegaba a ver era la luz que se filtraba por la cerradura. A veces olvidaba sacarme hasta el día siguiente.

-Qué me dice de tus amistades, ¿tiene amigos?

-Tenía uno que otro conocido, gente con la que conversaba de vez en cuando, siempre me gustó estar solo, pensar mucho, soy una persona muy detallista y cuando conocía a alguien que no lo era, no me interesaba ser su amigo.

El hombre sacó un cigarrillo, lo encendió, y acomodó sus anteojos sobre su nariz.

-¿Por qué sepultarlo debajo de unas tablas?

-Para olvidar completamente lo ocurrido, porque de haberlo puesto en otro lugar quizás siempre estaría con la duda de que fuera encontrado por otra persona.

-¿Algún recuerdo hermoso?

-Si, siendo adolescente alguien me invitó a pasar un fin de semana. Por primera vez supe lo que era vivir con una familia, tener un padre y una madre con los que puedas conversar. Me sentí contento, un día, pero lo sentí.

-¿Ha amado alguna vez en su vida?

-Pienso que jamás nadie me amó, por eso yo no se lo que significa esa palabra y creo que nunca lo sabré.

El reportero dio un suspiro, después de guardar en su bolsillo izquierdo el lapicero y la libreta, se paró, inclinándose hacia mí puso ambas manos sobre la mesa. Yo lo miraba y aunque no podía ver sus ojos, sentía un pánico increíblemente familiar, me puse nervioso y empecé a mover la pierna… Pasaron unos minutos que parecían siglos. Sonrió, me extendió la mano para despedirse, yo le extendí mi mano también y mientras nuestras manos sentían el apretón, se sacó las gafas.

Creo que era su ojo. Sí ¡esto era! Uno de sus ojos se parecía a los del buitre. Era un ojo azul pálido, nublado, con una catarata.

Perrea, Dignidad Perrea


(Crónica de una fiesta anunciada)

Era un punto pensante, entre varios puntos divertidos, algo inusual en una fiesta donde primaba la euforia. Llegar sobrio a un lugar donde el menos ebrio bailaba excitado, fue un logro, ya que me sirvió para analizar cómo es, que la muchedumbre se divierte.

Al pasar aquellas rejas de color blanco -que recuerdo porque me dieron el dato, no porque las haya visto-, tenía la misma sensación del primer día de clases en un colegio nuevo, era tan predecible lo de esa noche, que ya me iba acostumbrando a ese sillón que me tocó de trono.

En un primer ambiente un foco de 50 wats alumbraba nuestros rostros, estaba acompañado de cuatro personas más, quienes miraban asombrados el “salón de baile” donde los muchachos eufóricos, excitados, ebrios y sudados contorneaban sus cuerpos al ritmo de “eso”, aquel baile que parecía estaba viendo esos reportajes de domingo que suelen hacer en las discotecas del cono norte limeño.

Avanzando, entré al salón, totalmente oscuro, caliente y lleno, me recosté en la pared, saqué un cigarro, mi cajita de fósforos y lo prendí, el humo me ayudaba a sentirme tan lejos de ellos que se me hacia agradable -sensación inexplicable-, luego me senté, crucé las piernas y observé…

Se mezclaba en mí, la risa, el miedo y las ganas por salir a bailar, pero mi tendencia a ser diferente hizo que no me despegara de mi butaca hecha de espuma. Me preguntaba: ¿Cómo hacen todos para ser tan libres y no caer en el encierro?... pedí un vaso con agua, era cruda porque yo vi cuando la sirvieron del caño. Veía de abajo hacia arriba a las chicas, algunas lindas y otras feas, pero igual todas estaban ebrias, repugnante estado para un espectador que no ha consumido alcohol.

El celular me avisó con su espeluznante vibración que era la hora de retirarme, ponerme de pie me costó, pues había permanecido una hora y media sentado y cruzado de piernas, sentía las famosas hormiguitas, saqué fuerzas y salí casi corriendo.

Afuera estaba una “pareja”, la cual deseosa luchaba por hacer el contacto labial, pasé de frente sin pedir permiso, ella le decía a él: “aquí no, en frente de todos no!!!”, sonreí y seguí avanzando, miré mi reloj y tomé el primer taxi que pasó.

Ahora estoy sentado en esta silla de madera antigua y dura, muy dura, causante de mis constantes dolores de columna, escribiendo para mí, algo que a nadie interesa. (12:40 a.m.).