jueves, septiembre 15, 2005

Diario

Hoy me sentí alegre porque hicieron la menestra verde que tanto me gusta. Desde la mesa de la cocina –mientras comía- observaba una botella de pepsi litro y medio, me preguntaba: ¿cuanto más engordaría si tomaba un poco?, y tomé agua, más sano, y repetí dos veces arroz.

Después fui hasta la computadora a chatear un rato, ese rato se convirtió en cuatro horas muy pero muy tediosas, había un libro de Vargas Llosa a la mano derecha del escritorio, me tentaba a leerlo tirado boca arriba en mi cama, pero mis ojos, víctimas del Internet, aclamaban furiosamente clemencia. Decidí dormir.

Milagrosamente estaba solo, abrí la ventana para airear la habitación y me tire en seco contra la cama, cerré lentamente los ojos mientras acomodaba una almohada entre mis piernas. Cuando empezaba a soñar tocaron el timbre dos veces, dudé seis en ir a abrir o no. Pero fui. Era un amigo de la universidad que estaba de pasada por el barrio y tuvo la excelente y oportuna idea de visitarme. Conversamos durante 2 horas y media en la sala, entre cigarros y nombres de mujeres sonó su celular, dijo cuatro palabras y se fue.

Volví a mí cuarto con ganas de seguir lo que empecé, pero alguien de “importancia” me estaba zumbando como loca en el msn, estuve metido dos horas más. Luego llegaron todos a casa, invadieron mi vida otra vez.

Cuando ya no habían nubes celestes ni se podía ver a los gallinazos en el cielo, me puse a leer, terminé “Los Jefes” del escritor que ya antes mencioné, y regresé a la maquina con la mente algo aturdida.

Un amigo había enviado a mí e-mail, una carta cadena -cosa que odio- porno*, extraje un par de fotos y las use como display en el msn, hiriendo la susceptibilidad de algunas chicas, amigas mías que aun gozan de moral y buenas costumbres.

Ahora, como no hay gente, he puesto mi foto de hace 19 años. Me veo, y era un pequeño mierda, ahora he crecido.

Esta semana ha sido un poco difícil, lo que me asusta es que ya se acaba y aun no he resuelto nada.

12:09 AM, SEP 15, 2005.
*Agradecimiento especial a: "La China Ja, Ja, Ja", por hacer de diario esa noche perturbada.

miércoles, septiembre 14, 2005

Un Día, Y Su Noche Triste

Nunca me gustó estar en un lugar repleto de gente, me siento aturdido y hasta me desespero. Pienso cosas inimaginables de las personas que pasan y me saludan… desde su muerte hasta cómo hacen para soportar tanta bulla por tanto tiempo.
Lejos de que pueda ser un antisocial, he hecho para mí un concepto muy especial de la sociedad -el cual explicaré más adelante-.

Todos los septiembres en mí universidad se celebraban las olimpiadas, recuerdo muy bien el esfuerzo inmenso que hacía para entrenar alguna disciplina o pertenecer a la barra, pretexto esencial para faltar toda una semana a clases. A la hora del “entrenamiento” -que se hacía en cualquier lugar que tenga un espacio adecuado para rodar una pelota- muy divertido era ver a todos mis compañeros en unas fachas terribles, hasta las chicas, chicas que cuando entraban al salón se veían tan voluptuosamente apetecibles para algunos de nosotros, que verlas en buzos anchos y polos con el cuello muy estirado, me hacían compadecer a sus futuros maridos.

Ni qué hablar de los profesores. Estos “ilustres personajes”, culpables de nuestra educación académica, ¡también usaban buzos!, sin embargo para mi no tenían importancia, pues con buzo o sin el, se veían igual de feos. Ellos nos incentivaban con buenas notas si apoyábamos a nuestra facultad, no importaban las lecciones perdidas durante esa “fiesta”. Cada docente era asignado para un deporte así no tengan el mínimo conocimiento de éste.

Ganar o peder, toda una algarabía por cosas sin mayor importancia, no cabía en mi cabeza por qué la gente se desvive tanto por esto, lo comparaba con mi afición a la literatura o la música –materias de las cuales yo sacaba mucho más que corriendo tras una pelota-, en fin cada loco con su tema. Lo único que quería era pasar el día, aplaudir a un lado de la zona marcada con yeso, sin que nadie me notara. Esta situación me recordaba a aquellas fiestas que asistí cuando tenia 15 años, me paraba en la esquina más incógnita del lugar, y observaba casi hipnotizado las luces de colores, después llegaba a casa y le decía a mi hermana menor que había bailado hasta decir basta –ella asombrada me creía-.

Al pasar el medio día, todo terminaba, el esperado silencio era tan agradable que me daban ganas de quedarme así mucho rato, pero tenía que volver. Subir a esa caja de lata maltrecha con asientos totalmente incómodos y un tipo gritón y malhumorado invitando a subir a cuanto individuo se le cruce. Todo el trayecto pensaba que estaba en un auto nuevo y hasta de lujo para evitar la realidad.

Cuando llegaba a mi casa encontraba la comida ya hecha, cosa que era fascinante, pues debo confesar que me encanta comer. Como era el ultimo en llegar, me correspondía almorzar sólo, pero siempre llamaba a mi mamá para acompañarme, ella lo disfrutaba mucho porque aprovechaba en conversar y que le cuente todo mí día, por más estresante que haya sido siempre me daba ánimos y me hacía sonreír. Después, la siesta –hábito que adquirí recién a los 21 años-, al levantarme a eso de las 5 de la tarde me inundaba un mal humor increíble, debía ser porque quería dormir un poco más, pero el ruido de la casa no me dejaba.

Cuando caía la noche, era mí momento, mí tiempo de lucidez, un noctámbulo de vocación, le robaba horas a la madrugada para escribir, leer o pensar. Volaba tanto dentro de mí mismo que muchas veces llegue a dudar que regresaría.

Como ese día y su noche triste fueron muchos, entre preguntas sin respuestas y amores olvidados transcurrían mis horas, de la universidad a mi casa, del infierno al cielo, del corazón a la cicatriz.

Para mí la sociedad siempre fue y será, un personaje pintoresco de buena sonrisa, dispuesto a acogerte siempre. Te venda los ojos con un pañuelo de seda oscura, -traslúcido para quien hace un esfuerzo al ver-, de alma hipócrita y despreocupada. Es uno de esos males necesarios con el cual estamos obligados a vivir. Que asco.