domingo, junio 22, 2008

He Viajado Tanto, que Ahora Entiendo

Hoy entiendo por qué las hojas de ese árbol viejo en el jardín se vuelven hacía mí después de haber partido. Las vi lejanas cayendo y alejándose cada vez más, impulsadas por heladas brisas de invierno; bailando sobre una ciudad sin color y sin alma. Sin fin.

La ansiedad por algo persigue a la inquieta duda. Las hojas quieren responder, tienen todo a la punta de una lengua mortal. Basta, no quiero ver ni oír. Sólo recuerdo hoy a ojos cerrados aquella plaza iluminada por un amarillento farol, rodeada de calles estiradas y rotas, el olor a cigarro humedecido por la llovizna que empapa mi rostro al caminar despejado de alegrías.

Entonces, todo se tornó rojo. Un infierno sin llamas, sólo rojo. Lanzo mis puños al aire y se ven lentos, despacio sientes mejor me dicen. Rico se ha sentido estar en ese pequeño infierno atado a cuatro paredes. Se escuchan cantos melancólicos de épocas a blanco y negro. Y así, desde un corazón que late muy fuerte, se sienten besos y caricias que desbordan la única razón que tenemos por vivir: “amar”. Ama grita; rojo y latente, canta dulce, sus ojos brillan como estrellas que van y vienen sin encontrar lugar.

- ¿Te has perdido? Pregunto viendo sus ojos.
- No me observes, sólo calla y escucha. Respondió

El silencio llena el espacio que se empieza a reducir entre los dos. Ella ha despegado y la veo volar, triste y con los brazos abiertos tratando de abrazar las nubes de colores que se ocultan tras su piel. Se aleja hasta perderla de vista, abro los ojos y aún siento el sabor de esos labios indecisos que siempre quisieron decir demasiado, y nadie supo escuchar.